No existe tal cosa como la casualidad: La vie d’Adèle

Blue is the warmest color

 

Emma: tu tipo es muy raro aquí.

Adèle: ¿cuál es mi tipo?

Emma:  tu tipo… No lo sé, menor de edad, pasando el rato en los bares por la noche.

Adèle: ¿cómo sabes que soy menor de edad?

Emma: yo sólo puedo decirlo. O si no… Una chica heterosexual que es un poco curiosa.

Adèle: como dije, vine aquí por casualidad.

Emma: no existe tal cosa como la casualidad.

Adèle: ¿eso piensas?

Emma: (asiente).

Desde la primera vez que vi La vie d’Adèle, tuve unas incontenibles ganas de escribir al respecto, sin embargo, preferí promover la película con mis amigos más cercanos y obligarlos a que la vieran para después discutirla en grupo.

Ahora, ha pasado un tiempo considerable en el que todo mundo ya vio la película, en el que la novedad, el morbo y la polémica de la cinta ha invadido las redes sociales, y las columnas en publicaciones en línea que hablan sobre el tema.

Para nadie es un secreto que el largometraje es una adaptación a la pantalla grande de una novela gráfica titulada “Blue is the warmest color”, —mismo nombre que se le dio a la película en américa—.

Y si bien es cierto no es la primer vez que una adaptación de este tipo tiene un éxito innegable, —ahí está “Scott Pilgrim vs. The world” y “Ghost World—, por mencionar algunas, aquí, definitivamente lo que movía a la gente para ver la película en la pantalla grande, era el morbo del erotismo lésbico. No hay manera de negarlo.

Sin embargo, lo que personalmente me llamó la atención desde la primer vez que la vi, es esa forma en la que expone los conflictos emocionales de 2 caracteres tan diferentes que tienen en común amarse. La complejidad de las relaciones intrapersonales, la confianza fracturada, el amor impulsivo, el amor maduro frente al inmaduro.

Y cómo cuesta ir a la par de aquella persona que tiene menos consciencia de un compromiso, de la decisión de amar, de dar lo que se recibe, de exigir igualdad y respeto, pero sobre todo de hacer lo que se hace con la pasión de un amor joven cargado de erotismo.

Es una verdadera maravilla, la fotografía es preciosa, las actuaciones merecen ovación de pie, los colores fueron elegidos de manera precisa, la iluminación es justo la adecuada para el film, y el guión  no tiene fallas, lo único, —siendo quisquilloso—, que podría criticarle son las escenas tan largas en las que podría decirse lo mismo en mucho menos tiempo.

Sin embargo, ¿de qué va “La vie d’Adèle”?, qué hace la película tan conmovedora. ¿El descubrimiento de una bisexualidad?, ¿la empatía por una persona tan falta de experiencia en el amor y la vida?, ¿lo engorroso de las relaciones lésbico/homosexuales? Para mí todo eso es lo de menos y queda en segundo término si realmente aprecias la historia y la intensión del director.

Es un argumento que vuelve a condenar la soledad como el peor de los males del hombre —como especie, no como género—, comienzo a creer que no hay otro sentimiento que nos una más como seres humanos que el miedo a padecerla.

Siempre he concebido al humano como ser sexual, como un animal que a pesar de razonar, tiene necesidades primitivas y erotismo en algún momento durante todas sus relaciones personales, más que detenerme a pensar si es heterosexual, homosexual o bisexual.

Y “La vie d’Adèle”, es un claro ejemplo de lo que digo, no solo vive una transición aparente de la heterosexualidad al homosexualidad femenina, y después una regresión al placer carnal de copular con alguien del sexo opuesto y esto, queda a un lado, el menudo conflicto que estalla en la pantalla grande es la infidelidad.

Misma, que tiene su mayor excusa en sentir soledad, «me sentía sola» le dice Adèle a Emma, cuando ésta le reprocha su traición, pero la hermosa protagonista de la historia no sólo traiciona la confianza de su pareja, también se es infiel a ella misma, a los sentimientos que proclama, a presente que vive y al futuro que quiere. Y como todo, paga las consecuencias de sus actos.

¿No les encanta la escena de la pelea entre Emma y Adèle? Las lágrimas de arrepentimiento, el miedo aferrado en las voces cortadas, los insultos cargados de dolor más que de odio. «Eres una putita» le dice Emma a Adèle mientras la mira con rabia, por sentirse lastimada, por saberla perdida, por aceptar que aquello ya no tiene remedio y que una segunda oportunidad sería vivir en la mentira.

No es una historia que tenga un héroe, más bien, está colmada de antihéroes, los amigos, la familia, las protagonistas, los personajes son humanos, con errores, con virtudes, con defectos, que sienten, que sufren que se ríen, que encuentran culpa en lo que disfrutan y que se disculpan y al final siguen con su vida, por doloroso que esto resulte.

La importancia del perdonar a alguien que te lastimó tanto que creíste que morirías del dolor y más importante la lección del —te perdono, pero eso no significa que te quiero de vuelta en mi vida—, el aprender a no aprehender, el tener coherencia con lo que se piensa y lo que se hace.

¿Hace cuánto no salían del cine con un hueco en el estómago? Caminando sin entender bien de qué se trató la historia, afectados emocionalmente, identificados por un sinfín de arquetipos en la forma de vivir. Sintiendo empatía por alguno de los personajes, al mismo tiempo, confrontándose a uno mismo con los dilemas internos del día a día.

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