Eso que no importa cómo termine, ni como comience

Eso que convertiría que un camión de 2 pisos chocara contra nosotros una forma celestial de morir, a lado de quien queremos.

La punzada en el estómago que sube se aloja como sanguijuela en la garganta y quema mi tráquea, igual que si hubiera bebido un litro de whisky al hilo.

La vista nublada, no veo nada que esté más allá de 5 pasos frente a mí. No importa demasiado, igual mi cabeza se encuentra en otro sito, sólo se encarga de mantenerme de pie.

Soy la versión viva de un zombi sin rumbo fijo, si es que se le puede llamar así,—estar vivo—,  al no morir. Miles de hormigas recorren mis brazos y piernas, no se ven, viajan por mis venas.

La ansiedad se monta en mi espalda, me sopla la nuca. Rápido una de mis manos se pasa por el cuello y sobre mi cabello, pero no importa, está alojada en alguna parte del cerebro.

Eso que nos tiene de cabeza sobre el piso, lo que nos hace ver descargas eléctricas que emanan de la persona de quién estamos enganchados.

Doy vueltas en el mismo sitio, conozco mi casa de pies a cabeza, sé dónde está cada cosa y cómo debe de ir acomodada, es raro, pues no soy un maniático del orden  sin embargo, de ser tierra suelta ya habría formado un surco de tantas veces transitar por el mismo lugar.

Tomo un cigarro y lo pongo entre mis labios, con la otra mano giro insistentemente la piedra del encendedor, —un regalo tuyo—, mi favorito. Me quito el cigarrillo con la otra mano y lo pongo sobre la mesa. Me acuesto en el sillón grande de la sala; en ese que dormías la última vez que viniste a ver películas hasta el amanecer.

Cierro los ojos, pero el vértigo de estar acostado y con la cabeza hecha mierda es mayor que abordar cualquier montaña rusa con los ojos cerrados. Abro los ojos. Impulso el tronco de mi cuerpo para en frente hasta quedar sentados. Prendo el cigarro, —es tu marca favorita—.

Eso que se dice: no llores, puedes confiar en mí. Salgo de mi casa, con la chamarra desabrochada, un ataque de tos que no me deja respirar e intentando ponerme los audífonos mientras camino a ningún lugar.

Evito las preguntas, ¿qué tienes? ¿Te sientes mal? Y la más cruel de todas; cómo está… ¡YA, CÁLLENSE, NO SÉ, NO NOS VOLVIMOS A VER!

Eso que nos hace querer tener cuerpo y alma perfecta, y que esa persona note cuando ya no estamos cerca. Camino enojado, como si al llegar a todavía no sé dónde me encontrara con el peor de mis enemigos; lo único que quiero es golpear su cara.

Camino sin detenerme, con la mirada fija hacia enfrente, sin ver nada, sin saber a dónde voy. Las cienes aperladas de sudor, mi nariz que arroja vapor que desaparece en medio del frío; estoy cansado, pero no quiero detenerme.

Eso que nos hace querer estar con alguien y hablar sobre el clima. Si camino más de prisa mi corazón estallará. El teléfono suena, con dificultad lo saco de mi bolsillo, en mi cabeza cruza una posibilidad que en el pecho late inútil.

Eso que en un arranque de miedo nos hace gritar que no podemos permanecer,  lo que nos hace gritar ¡a donde sea, contigo! Aunque para mí, todo eso siga siendo lo mismo de siempre.

El tiempo enfría las cosas pero no es sinónimo que arreglarlas, el ocio, me hizo su puta, no hace más que postrarme en una silla a mirar la televisión mientras consumo cada cigarro que se quema entre mis dedos.

Tengo resaca, es difícil distinguirlo después de muchas horas de estar bebiendo, días incluso. Conformarse es incluso, peor que enamorarse.

Eso que nos haría recostarnos en medio de la carretera a esperar que los carros esquiven nuestra cabeza. Y no pienso con claridad absolutamente nada, me veo como el más ingenuo de los individuos, te odio incluso más de lo que te extraño.

Descuelgo los posters en mi cuarto, esos que fueron tu primer regalo y moría por salir de la escuela para colgarlos en mi habitación. Mis favoritos, los tuyos, los míos.

Eso por lo que pensamos: tendrás que caminar sobre mi cuerpo muerto antes de irte por esa puerta. Por ahora convivo con personas que me resulta igual ver o no, finjo que los escucho, pero no puedo escuchar nada, no me interesa. Nada me explica por qué me siento incompleto.

Acaso duermo 3 horas, veo películas maratónicamente, pero especialmente el séptimo arte me recuerda la relación más valiosa que hasta hoy he tenido, y también la que más me ha hecho daño.

La vida no es una película, pero si lo fuera aquí estarían saliendo los créditos finales de nuestra historia juntos, escrita, dirigida ya actuada por nosotros mismos. No hay a quién echarle la culpa. O sí, pero al final nosotros permitimos que las cosas pasaran así.

Eso que después de todo es nuestro muro maravilla, por lo que hacemos todos, lo que nos hace tener la opción de ser mejores personas, pero puede convertirnos en las peores.

Eso que nos hace dudar que alguien más pueda sentirse del mismo modo que uno sobre alguien más. Eso que no nos deja ver  dónde hemos estado, ni a dónde estamos  pero sí sabemos dónde queremos ir. Y con quién.

Eso, el amor, es lo que más nos limita, un cáncer no menos peligroso o destructivo, un vicio no menos caro o adictivo, una epidemia no menos contagiosa.

Pero al final, eso, el amor, es lo único que nos hace sentir que vivimos y todo vale la pena.

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