Amor perdido y… México

Perdido en el vacio de un laberinto —no de la soledad que nos ofreció Paz en aquellos tiempos de caciquismo— sino de los conflictos reales de una sociedad confundida, cansada, hipócritamente devastada y conformista —querer tener lo mismo de antes para serenar el fracaso de tantos—. Nos ocultamos tras el angustioso desarrollo de las nuevas tecnologías, no nos vemos: dejamos de sentirnos.

Estamos en la película más real en la historia de nuestro país, con título que resultaría sacado de un Spaghetti Western de los sesentas y que además caracteriza a cada uno de los contendientes por la presidencia de la republica mexicana, “El bueno, el malo y el feo” —donde no definiré a quién le corresponde cada papel protagónico—. ¿Por qué no los ubico? Porque no quiero caer en la ambigua disputa de preferencias partidistas.

Y en nuestro clásico Western  hay una elevada guerra sucia entre el polvo del desierto que con el aire lleva cada uno de los fracasos, falsedades, incongruencias y hechos equívocos que han terminado con la vida económica, cultural y social de este país lleno de riquezas. Principalmente el Partido Revolucionario Institucional (PRI) dejó un enorme desierto, abandonado y sin la más mínima estructura para el desarrollo verdadero de nuestro país.

Así, fácilmente, como lo vemos en esas películas de vaqueros, donde caían inocentes por la culpa de unos cuantos  —los que querían vencer—, porque ahí no había buenos y malos, sólo sedientos de poder. En la guerra se vale de todo y se gana una sola cosa —poder, acompañado de riquezas exorbitantes—, las muertes son incontables desde que la vida no vale nada —sin citar a José Alfredo Jiménez—.

En el amor no hay trampas, porque no hay amor, está perdido en la desolación y en la debilidad emocional de las sociedades, esas que están confundidas, que piensan en bienestar cuando en realidad se hacen daño, mujeres que callan golpes e insultos de maridos nacionalistas conservadores, niños que aguantan violencia —psicológica y sexual— al no saber que está bien o que está mal.

Necesitamos un amor por nuestra nación, que se busque y al encontrarse que se hagan las cosas bien, perfectamente sabemos que no es fácil anunciar un cambio y tardar mucho tiempo en lograrlo, pero con resultados se logra la confianza, con hechos se vive la esperanza y ese amor perdido se encontrará y las vicisitudes de la economía, la sociedad, la cultura y la política dejaran de ser un tormento sin respuesta.

El engaño es la falta de amor, el amor acaba —y no el amor de José José—, pero cuando todos queremos amar necesitamos estar seguros, tranquilos, gustosos, felices, no conformarnos con algo que ya está, porque nuestra comodidad —que nos destruye—, es más fuerte, hay que saber que siempre hay alternativas y éstas nos ayudan a vivir de una manera favorable, fuera de la monotonía o la creación de estereotipos, siempre que queramos algo nuevo lo tendremos, la sociedad grita justicia, cambio real, democracia, fuerza en contra del autoritarismo, adiós neoliberalismo —no sirvieron sus reformas—, adiós conformismo, adiós corrupción, adiós a aquel que sólo busca volver a plantar en el desierto que nos dejaron un nuevo árbol de hojas aparentemente vivas pero que por dentro están en la podredumbre y con la sed de poder. No Enrique Peña Nieto. Sí un cambio para bien.

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