El desahogo de una despedida

Pero ya se había ido. Después de todo así es la vida y luego te mueres —dicen—, el perdón, los te amo, las ilusiones y propuestas se quedaron atrapadas entre sus labios. Finalmente este no puede ser el mismo chico en la adolescencia le escribía cartas y le dedicaba canciones. Alguien ocupaba su cuerpo cuando abandonó el lugar.

Recuerdo mi adolescencia con ciertas restricciones para no indagar más sobre lo que no quiero saber porque es doloroso recordar que no fue feliz del todo. Hoy es un día especial, la primera imagen que tengo  en la cabeza a partir de que me desperté es tu rostro que como una especie de epifanía apareció incrustada en mis pupilas.

Toda va normal, me levanto de la cama, enciendo el baño y regreso a dormir diez minutos más —pero cierro los ojos y de nuevo aparece tu rostro frente a mí—, suena el despertador y me levanto; me dirijo al baño; después de la ducha me visto y bajo a desayunar antes de ir a clases, en el desayunador un café negro humeante  me espera acompañado de un cupcake coqueto que no tiene mal sabor sino todo lo contrario es dulce agradable.

Recojo mis cosas que un día antes dejé en la mesa —pues suelo trabajar mejor en las noches— cuando la oscuridad me cuida la espalada y el silencio me canta al oído.

De mi mochila cae una propaganda del Closer ese lugar en donde uno por cierta cantidad de dinero deja de ser uno mismo y puede convertirse en otra persona, falsa o real —eso sólo lo sabe quien acude a este lugar—, quizá hoy me decida a visitarlo.

Cuando subo al coche en el estéreo suena Hello Goodbye de The Beatles, bajo otras condiciones esta canción que tanto me pone de buenas me haría cantar mientras subía decisivamente el volumen del estéreo, pero hoy no, hoy polarizadamente contrasta con las intenciones que tengo en mente. Así que mejor escucharé algo de más denso, (Domination de Pantera suena ahora en las bocinas del auto), adecuado no es la palabra que lo describe pero es la primera que me viene a la mente.

Al llegar al lugar me decidido a entrar pero con los nervios especialmente alojados en mi ser bajo del automóvil, el sudor es incontrolable y escurre por mi frente, las manos tiemblan —no es la primera ves que visito un lugar así y de todos modos me siento como la primera vez que tuve sexo— al entrar el lugar apesta a la fragancia con la que limpiaron el piso, es un olor a lima limón que marea y que se combina con el incienso que tienen en la recepción a la cual me aproximo y pido un lugar disponible.

Es increíble que el lugar esté repleto siendo esta hora del día ¿o ya no es tan temprano como parece? Quizás sea que los que llevaron al lugar un día antes aún no se reincorporan a la realidad de su cotidianeidad. Me siento en un lugar aislado de una mediana pista de baile, en una mesa en dónde difícilmente cabrían dos personas aparte de mí. Y comienzo a beber una helada cerveza que calma mis nervios o distrae mi mente suficiente, para que mi cerebro controle mejor sus movimientos. Confort no es la palabra adecuada pero es la primera que se me ocurre.

Una chica alta de pelo negro y piel blanca comienza su rutina, agradezco infinitamente que ésta no sea una coreografía acompañada de alguna canción de Madonna, o peor aun ese nefasto sonido de la música electrónica que poco deja pensar bien. Gracias a la vida es Pagan Poetry de Björk la canción que acompaña tan perfectos movimientos elásticos, precisos, estéticos delicados pero firmes, perfectos.

Cuando termina la actuación de la chica camino detrás de ella, —es momento de probar qué hace diferente a este lugar de los demás— con la vergüenza que todavía no logro disipar por frecuentar estos lugares de vez en cuando, le propongo sínica e impúdicamente tener sexo; y sí o a la chica le hace falta dinero o le tiene amor a su trabajo. Acepta sin poner un pero más que la tarifa que suele tener me parece justo, a final de cuenta está entregando su cuerpo a alguien que no conoce, en un acto impuro que no sólo estruja su físico sino que también mancha su espíritu.

El tiempo transcurre y yo me hago cada minuto más experto en las “artes amatorias” después de todo ¿qué puedo enseñarle que no sepa ya?, —todas las mujeres deberían tener un poco de ella, tan complaciente y dominante al mismo tiempo— pienso. El orgasmo inevitable acecha desde la orilla de la cama, nos huele, nos mira, nos acaricia la entrepierna y eriza los senos de de tan hipnotizante mujer.

En un épico empate logramos alcanzar el nirvana de nuestros, y viéndola a los ojos pronuncio cada mujer es un tipo de problema diferente. Ella me mira y sonríe con una risa cómplice.

—Tenía tiempo que no te veía. —dice—.

—No me atrevía— respondo con un  suspiro liberador…

Te extraño, a veces, hoy te extrañé más que nunca.

— ¿Cuánto?

— Tanto como se puede acumular la añoranza durante casi un lustro.

— ¿Y eso es mucho? — Tanto que quema.

— ¿Dónde quema?

Después de un largo rato de charla y un par de encuentros más, entre sudor y con el ansia ya mitigada “si hubiera sido verano el calor nos hubiera asfixiado”. Me levanto de la cama, y mientras abrocho mis pantalones ella estira la mano para sostener la mía. Entonces de mi chamarra saco el dinero que corresponde por los servicios solicitados y con fuerza los arrojo sobre su rostro. Mis ojos se inyectan de adrenalina.

—¿Qué te pasa? Pregunta espantada.

—Me das asco. Contesto con un tono sarcástico, —ahora sé porque terminó nuestra relación, cada quién tiene lo que se merece—. Salgo del lugar añorando regresar y volver a verla, volver a estar con ella, sentirla, poseerla, admirarla y amarla. Mi orgullo de hombre me gritaba al oído, como la esquizofrenia a un enfermo, que la odiara, pero a mí no me importó a lo que se dedicaba ¿o si? ¿Por qué siento que me hace falta? La necesito, sí eso es, no sé estar sin ella. La quiero.

Recuerdo cada momento justo, cada instante, las caricias, su risa, los hoyuelos en las mejillas cuando sonríe, la extraño, más que nada en el mundo, sigo pensando que el día que la conocí fue el primer día de mi vida, ¿han sentido que nacieron para algo? Nací para estar a su lado por que la quiero, la quiero por que la necesito y no la necesito por quererla… Ahora el único que me hastía soy yo mismo ¿quién es ahora quien causa más lástima? Quise matarla, extinguir cualquier indicio de vida que pudiera haber en ella. Tenía que tener ese desahogo para poder sacarla d mi vida, había pasado muchos años sin verla.

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