Ansiedad

¿Qué sucede cuando te encuentras entre el ser y el deber ser?

Si tengo que ser una buena persona, pero soy alguien egoísta, ¿hacia dónde es que debo de canalizar mi sentir cuando el ansia por saber algo en peligro y sentir la posibilidad latente de perderlo comienza  invadir mi cuerpo?

No acepto con estas aseveraciones estar consiente de ser una mala persona, todo lo contrario, si de algo me puedo vanagloriar es de eso que lo tengo claro, por supuesto. Pero en qué momento se sobrepasa aquello que decidimos no incluir en la cotidianeidad para hacerlo especial, ¿cuándo es que se convirtió en una circunstancia imprescindible?

Paciencia y tiempo para que las cosas se pongan en su lugar y para que aquello que lejos de traernos un beneficio nos perjudican se vaya de nuestras vidas por convicción propia.

Ser honestos con nosotros, identificar aquellas cosas que no nos hacen bien, no es para nada tarea fácil. Aún cuando se tengan presentes, sucede que el proceso que implica dejar ir aquello que nos ha minado el alma con sus sinsabores, no supone la practicidad de desechar un pañuelo de papel usado; que después de servirnos se irá al bote de basura y no pasa nada porque está presupuesto, que así sea.

Sin embargo, el proceso de maduración implica un crecimiento doloroso, más complicado que el hecho de que te cambie la voz cuando eres adolescente, o que tu cuerpo se transforme con múltiples mutaciones explicables pero inentendibles.

Aquel dolor puede tomarse por el lado amable y convertirse en la expiación de culpas que todos necesitamos, y que tanto nos libera una vez que nos encontramos del otro lado del camino.

Toma un bolígrafo, sujétalo firmemente y sin que te tiemble el pulso, respira profundamente, y piensa en aquellas cosas que te dan vueltas una y otra vez en la cabeza, que te acosan, que te atan al calabozo de permanencia voluntaria pero que es adictivo y te da una falsa percepción de refugio y confort.

Grita fuertemente, y tan pronto como te dejen tus habilidades motoras encamina el puño que sostiene el bolígrafo, hacia arriba y llévalo con toda tu furia impregnada en él hacia alguna parte de tu cuerpo, sugiero que sea una pierna, que se clave; siente como traspasa tu piel, y como comienza a brotar la sangre.

Apenas estarás consiente de lo que acabas de hacer cuando cientos de punzadas comienzan a martirizarte y cada que se presentan incrementa el dolor pero sana el del alma y lo cubre de arrepentimiento y conciencia plena de un daño presente y tangible.

Quizá así sea más fácil; sufrir por algo que en verdad sí puedes mirar y que puedes concientizar que emana sangre, y que con ella se escurre tú necesidad de compasión, sí aquella compasión que tú percibes de los demás pero que tristemente eres tú y sólo tú quién más se compadece de ti mismo y quien se llena de lástima porque no encuentra nada mejor que hacer con aquello que le oprime el corazón.

Se valiente ahora, lo necesitas, para sanar esa herida que tú mismo provocaste, se más valiente todavía para poderte mirar en el espejo de tu habitación, y verte a los ojos, mírate como lo que eres, un ser humano con su justo valor, ni más ni menos valioso que el resto de los habitantes de este planeta, mira tus manos cubiertas de sangre y aquellas partes del suelo que no lograste salvar de los chorros de el líquido rojo que derramaste hace unos instantes.

Que eso te sirva para recordarte que eres un humano errante, pero que es momento de obligar a la inteligencia a que se sobreponga a tu compasión y tus asquerosas depresiones, que no es lo mismo que vivir un duelo, por algo que perdiste.

Mira cómo por lo que estás sufriendo no es aquello que ya no tienes, sino que te pesa tanto porque al no permitir que se vaya lo que en realidad pierdes es a ti mismo, tu identidad por limitar tu perspectiva de ti a un solo objeto.

Regreso a mis cinco sentidos, esta fue una experiencia intensa, no sé si me hastió verme derrotado y sentirme en el lugar más profundo de mi ser, pero enfrentar mi realidad me trae siempre dolorosas conclusiones. ¿Miedo?, mucho, y la soledad como la peor de mis consejeras, que abraza mi cuerpo y susurra al oído con una voz seductora para que la obedezca, decido que sufrir, y sentirme así es elección mía, así que se va, no la quiero escuchar más.

Si ahora me preguntaran que si estaba en plena conciencia de hacer lo que hice y que si eso me hace feliz, diría un sí, sin pensarlo dos veces, sin pensarlo… Porque de pensarlo seguramente me echaría a llorar arrepentido, lastimado dolido, enojado y frustrado.

Pero es absurdo convencer a los demás de aquello que yo sé que soy el único que se cree que es feliz haciendo. Me da tristeza mi debilidad, pero no por eso me voy a estancar ahí. Humano después de todo, me repito constantemente, y la vida me ha mostrado que después de probar las cosas que tenía que vivir, puedo pasar de largo ante las adversidades que me las pongan en frente de nuevo, lo sé, es cuestión de valor, y de dejarme de compadecerme de mi mismo. Carácter, valentía, esfuerzo, empeño, honestidad, poner los pies sobre la tierra. Para que mi vida tenga un cambio necesito comenzar por mi interior y controlar el miedo que es el peor de los males, pues carcome el espíritu de quien lo experimenta. ¿Miedo, a qué? A nada.

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