Demasía

¿Qué podemos hacer cuando los minutos son eternos, cuando los días se hacen largos e interminables y los meses parecen años?

No hay mucho por hacer cuando no tenemos con quién compartir las tardes después de la escuela, o los fines de semana. La soledad pesa tanto cuando cada que suena el teléfono imaginas que alguien te busca y descubres que ya no formas parte de su vida.

Y las noches lejos de ser el momento deseado para descansar se convierten en la única esperanza que tienes para no pensar, para solamente salir de la realidad.

Esta noche no es diferente a las demás a excepción del aire frío que se cuela ingeniosamente por las sábanas de mi cama, y como helados dedos abraza mi espalda.

De pronto, entre sueños, una punzada atraviesa mi pulmón derecho y llegas hasta mi pecho, entonces, lo inevitable: uno de mis ojos se abre y alcanza a ver que todavía no amanece pero, ya no puedo conciliar el sueño por más que lo cierro.

Giro mi cuerpo todavía dentro de las cobijas, tratando de encontrar una postura más cómoda en la cual pueda descansar.

Intento no pensar, pero es inútil, lo primero que me viene a la cabeza es tu rostro, aquella última vez que te vi, con llanto en los ojos, sosteniendo uno de mis brazos como si de eso dependiera tu vida.

Luego recuerdo, —mientras finjo seguir dormido—, aquella primera vez que te vi, todas las cosas que pasamos, los momentos tan importantes, tu compañía, tu voz, tú olor y esa sensación que me invadía cundo tus manos tocaban mi cuerpo, tu sonrisa; de nuevo pienso en cada una de las palabras que me decías mientras yo me alejaba de tu lado.

Son las siete de la mañana en punto y es momento de levantarme de la cama para comenzar el día; la ducha está frío, pero pronto se llena de vapor por el agua caliente que cae de la regadera, mis manos duelen cuando el agua caliente cae sobre ellas, —quizá sea el cambio de temperatura tan drástico que sufre después de estar expuestas toda la noche al frío de la madrugada—.

El baño me ha aterrizado más a la realidad, y no tengo mucho tiempo para pensar mientras me alisto para ir a la escuela, salgo corriendo de mi casa y llego con la misma premura a mi salón, en donde ya está el profesor y algunos compañeros que pocas ganas muestran por que comience la clase, pues ésta, siempre es la más castigada por los alumnos.

Comenzó la clase y antes de que pueda concentrarme me es inevitable pensar en ti, me imagino tu rostro pero rápidamente mi hábil cerebro ensaya su habilidad para bloquear aquellas cosas que no me gustan y que prefiero no recordar.

Saco mi cuadernillo de notas y enderezo mi cuerpo para alistarme a tomar apuntes, entonces, el profesor comienza su clase con un tema que me interesa aprender; des-afortunadamente con cada interrupción de mis compañeros vuelvo a tener la fotografía de tu rostro en mi mente.

Así concluye un día entero de escuela, todo normal, lo mismo de siempre de principio a fin, excepto que ahora no estas junto a mí para platicar de cómo nos fue en el día.

Sin embargo, las cosas van bien, mis amigos astuta-mente hacen su mayor esfuerzo por levantar mi ánimo y de no ser por algunas pausas incómodas, cumplen con su cometido.

De pronto, en la soledad de mi casa vuelvo a recordar todas esas cosas que me hacían estar contigo, aquellos momentos tan confortables que pasamos juntos, y a pesar de mi lucha constante por erradicar este sentimiento que me asfixia, vuelvo a tener ganas de tomarte entre mis brazos.

El ansia se apodera de mí una vez más, veo el teléfono y lo tomo entre mis manos, marco tu número y antes de presionar la tecla talk para llamar, me decido por la de end y cuelgo el teléfono.

Pienso entonces que un poco de internet será el antídoto perfecto, veré pues qué hay de nuevo en las redes sociales, o tal vez, el correo electrónico me traerá alguna correspondencia interesante que ocupe mis ratos de ocio, por si las dudas no consigo distraerme, comenzaré sesión en el mensajero instantáneo, ahí seguro encontraré a mis amigos que harán esto más soportable.

También es posible que te encuentre en línea, así que echo un vistazo fugaz por la lista de contactos y pareciera que erré: sólo hay un contacto que no estoy seguro de quién pueda ser, así que abro la ventana de conversación para ver de quién se trata, y no, no me equivoqué, eras tú.

Aunque no con el mensaje de costumbre, esta vez lo cambiaste por uno que exhibe tu estado de ánimo, como si intentaras que todo el mundo supiera cuál miserable te sientes ahora.

Conmigo las cosas no son muy distintas, sin embargo, me abstengo de mostrarles a ellos lo vulnerable que ahora me encuentro.

Han transcurrido varios días desde que nuestra relación se terminó, y mi deber como ser humano me compromete a buscar a alguien que pueda ayudarme, entonces, por fin, recurro a lo que comúnmente llamamos ayuda profesional.

Todo está listo, la cita con el psicólogo, la actitud positiva para comenzar un tratamiento —voy a ponerle fin a esta agonía—, el apoyo de los amigos, y una lista de ideas que esforzadamente conseguí organizar para la primera charla con el especialista. Esta vez, va en serio.

Ahora me siento más tranquilo, para este día ya han transcurrido varias sesiones con el psicólogo, y comienzo a poner mis prioridades en orden; el inconveniente con todo esto es que todavía te sigo viendo, pues es inevitable. De verdad, yo me esfuerzo pero es el destino.

Incluso cuando prefiero poner mi atención en las líneas de un libro o platicar con alguien que me alegre el día escucho tu voz cuando pasas detrás de mí. Es cierto, yo sé que tú frecuentas este sitio, pero no pensaba encontrarte aquí.

Transcurrieron un par de semanas más y felizmente cantaba victoria, sin sospechar lo que de pronto se avecinaba: esa mañana camino a la clase matutina te volví a encontrar de frente, con esa actitud de “no pasa nada” que ahora has adoptado para demostrarte que todo va bien sin mí en tu vida.

Llevas del brazo a un chico al que anteriormente jamás te habías atrevido a hablarle, pero no me afecta, me rehuso a que ocupes parte de mi tiempo de nuevo.

Des-afortunadamente, es inevitable. Apenas puedo sentarme frente al ordenador inicio sesión en el mensajero y busco cualquier pretexto para hablar contigo; la charla comienza en un tono adecuado, pero no pasan muchos minutos antes de que el ambiente cambie.

Me resulta increíble creer que ahora te diriges a mí en un tono menos cálido que el de costumbre, precisando más eres indiferente e hiriente en tus comentarios superficiales e irónicos. Pareciera que quieres que piense que ya no te importo ¿por qué?

Mientras trato de controlar la ira que ahora de mí se apodera, recuerdo las palabras del terapeuta: “muchas relaciones duran un tiempo limitado de nuestra vida, simplemente se acaban. Nos han inculcado que  hay que luchar a toda costa por el amor de nuestra vida, pero ¿cuál es el límite?”.

Dicen que la diferencia entre un necio y un sabio es que el sabio reconoce  el momento en el que hay que dejar de intentar las cosas.

Los sentimientos se sobreponen de nuevo a la razón y pienso que esta vez de verdad a todo está perdido, que no hay oportunidad para volver a tu lado, para recuperar lo que yo mismo propicié que terminara, todo parece tan caótico y sin remedio.

Me siento frágil, débil, miserable, el peor de todos, y ahí está otra vez; la soledad riéndose de mi, sentada en la esquina de la cama, mirándome con sus fúnebres y perversos ojos, llegó justo para echar la primer palada de tierra en el sepulcro que ahora vivo.

Después de la lúgubre noche, me esfuerzo  por incorporarme a las actividades de un día normal, aunque siento que este mundo no es para mí, las horas transcurren y ni siquiera los chistes de siempre funcionan esta vez, nada resulta ni me hace menos menesteroso.

Tengo sentimientos encontrados, y quiero gritarte a la cara cuanto te odio, cuanto te desprecio por no necesitarme, por ser feliz sin mí pero también quisiera reprochártelo, y pedirte que vuelvas conmigo, que nadie de querrá nunca como yo.

Ahora, tengo que cargar con un disfraz permanente que me permite salir a la realidad con las personas que están más estables que yo en estos momentos, puedo mostrarme más relajado y contento, en mi intento por ser feliz pero, interiormente un sentimiento me quema cual incandescente y fina ceniza de cigarrillo apagándose en mi pecho.

El tiempo que ahora paso splo y no contigo como la rutina me había enseñado a vivir, ahora lo aprovecho viendo películas, saliendo de vez en cuando con amigos que hace ya algún tiempo que no veía, también he echado de menos escuchar ciertos discos que solía poner en mis ratos de soledad.

Las canciones tristes en el fondo no hacen nada bien, sino todo lo contrario, quizás sea mi látigo predilecto para flagelarme en secreto, pero también he recurrido a la lectura de los clásicos, ahí es donde he encontrado una que otra respuesta a las interrogantes que ahora decoran las paredes de mi imaginación y el tiempo libre.

Recuerdo a Nietzsche “La esperanza es el peor de los males, pues prolonga el tormento del hombre.” En un principio lo tildo de loco, la esperanza muere al último ¿no es cierto?, pero conforme pasa el tiempo me  convenzo más de que tiene toda la razón.

¿De qué me sirve estar esperanzado a que las cosas no tienen por qué terminar así?, y que podemos llevarnos como buenos amigos, después de todo pasamos muchos años juntos, pero qué caso tiene ser amigo de una persona que quise tanto, y que ahora me lastima con la misma intensidad.

“Ser honestos  con nosotros mismos no es tarea fácil, enfrentarnos a nuestra realidad, a nuestros propios miedos requiere de gran valentía. Nos cuesta aceptar que algo termina que se va de nuestra vida se hace difícil cerrar ciclos”.

Dijo cierto día el terapeuta, pero aún así te extraño, y pienso que si tan sólo fuéramos más maduros los dos, podríamos alguna vez  sentarnos a platicar sobre cómo nos ha ido en la vida, qué hemos hecho desde que no compartimos la vida.

Todavía te quiero, ¡sí eso es!, si no te quisiera ahora no pensaría en ti, no te recordaría la mayor parte del tiempo, si ese cariño ya no existiera no relacionaría cada experiencia con nosotros, no añoraría compartir el autobús contigo, o ese abrazo que me dabas al despedirnos.

“La mentira más común es aquella con la que un hombre se engaña a sí mismo.”  Apareció Nietzsche al rescate de nuevo, ahora sólo quiero olvidar, o mejor dicho superar, que no es lo mismo, y es por mucho más gratificante.

Algo especial pasó hoy, el terapeuta salió momentáneamente de sus cabales y con enérgica voz se dirigió a mí mientras yo repetía constantemente “es que, no sé” —él preguntó, todavía tranquilo— “por favor concéntrate, dime ¿qué es lo que en realidad quieres?,  yo te puedo ayudar”, “pues no estoy seguro, estoy muy confundido, no sé qué hacer”—contesté—.

Entonces dejo la amabilidad a un lado; “escúchame bien porque sólo lo diré una vez: sabemos que la relación está  acabada pero buscamos cualquier excusa para evadirnos de tomar esta decisión. La palabra ‘terminó’ cuesta mucho, quizá porque con ella nos quitamos de una opción, renunciamos a una rutina, una falsa percepción de seguridad o simplemente finalizamos algo para siempre. ¿Qué es más cómodo, ser valiente o ser un cobarde toda la vida?”.

En ese momento, sólo pude pensar en una lectura más, era Wilde : “existen tres clases de personas:  las que entienden, las que no entienden y las que no quieren entender.” Yo me encuentro el la última de estas categorías.

Después de muchos días de intentarlo, terminé por buscarte y volver contigo, estamos en el proceso de darnos una segunda oportunidad y ahora lo más importante es tratar de olvidar todo el daño que nos hicimos, y conforme pasan los días me empeño en creer que ha sido la mejor decisión de mi vida.

Pero probablemente lo único verdadero es que desde el momento en que tomé esa decisión, comencé a dudar en el fondo de tener la razón. Por fin el hastío volvió a sobreponerse al amor, o a aquello que yo pensé que era amor, pero que ahora no estoy seguro de cómo llamarlo.

Esta ocasión las cosas fueron peores que aquella vez, la violencia tomó de la mano a la desesperación; estar a tu lado me ahoga más que extrañarte, he descubierto que contigo también uso un disfraz, mismo que no había percibido hasta ahora, que me doy cuenta de que vivo una falsa percepción de la felicidad a lado tuyo.

La costumbre, la rutina, el miedo, la soledad, todo aquello que me limita, se mofa de mí, en este momento, con risas estruendosas que me ponen en el los oídos. Lo peor de la vida, es terminar con alguien que te hace sentir solo.

Estaba perdiendo mi tiempo sin estar dispuesto a cambiar aquello de mi vida que no me dejaba evolucionar como persona, vivo la vida con temores, y pensé en todas esas personas que nos agarramos a un clavo ardiendo antes de ser rechazados, sin ser conscientes que agarrarnos a alguien que no amamos es quitar la oportunidad a otro de ser amados.

Me entristece que ni siquiera me di la oportunidad de vivir mi etapa de duelo, y condené a la soledad como el peor de los males, sin darme cuanta que sabiéndola manejar sería provechosa y productiva para mí, si me hubiera dedicado a hacer las cosa que me gustan, quizá habría hecho un excelente cuento de ficción por ejemplo, o habría escrito un ensayo fabuloso de cómo veo la situación actual en el país.

Sin embargo, si te pedí que te fueras ¿por qué me dueles tanto? La respuesta ahora ya la sé: por temor a comenzar algo nuevo, algo que no conozco y que no sé si va a ser bueno o malo.

Porque me decidí por sufrir, sufrir por no amar lo suficiente y porque no hay alguien que me ame ahora. Pero eso es una caída de la que ya aprendí,  y ahora sé que  el tiempo que quiero invertir o perder en ese sufrimiento es cosa exclusivamente mía y decidí ya no permitirlo.

La mejor manera para comenzar a tener el control de mi vida es, ser honesto conmigo mismo, aceptarlo y tomar la decisión. Hoy te libero de mis celos y mi posesión, pero también me libero de tus chantajes que yo confundía con amor.

Ahora sé que tu felicidad no depende de mí y que yo no soy feliz a tu lado, que tengo mucho que agradecerte, pero eso no me ata a estar contigo. Ni siquiera me compromete a ser tu amigo, porque uno siempre puede ser amable con las personas que nada nos importan, pero siempre y cuando nos seamos leales a nosotros mismos.

Ahora que  tengo en orden mis pensamientos y puedo sentirme liberado, no tengo voz para decirle gracias a todas las personas que me apoyaron, quisiera demostrarles que todo lo que aprendí de esta experiencia valió la pena, en este momento que estoy aquí recostado con la vista fija al techo sé que todos merecemos una segunda oportunidad con la vida.

Si pudiera mostrarles mi gratitud con una sonrisa probablemente creerían que por fin entiendo el significado de ser feliz.

Que siento una paz profunda que me embarga de dicha, des-afortunadamente es lo único que puedo sentir después de aquel hórrido dolor que viví en el momento en la bala penetró mis sienes.

Es irónico que después de poder mirar cada una de las cosas que decoraban mi habitación, con los ojos bien abiertos que me permitieron encontrar la vieja pistola que mi padre compró en caso de un asalto y que me diera a guardar a mí por precaución hacia mi hermano mayor que siempre tuvo un carácter más impulsivo que el mío.

Si esta noche hubiera sido más valiente, si no me hubiera tenido tanta lástima, de haber creído en mí, y en mi capacidad para hacer que alguien se enamore de mí, de volver a amar, si me hubiera permitido seguir buscando a la persona indicada, a la persona correcta, seguramente ahora no añoraría cerrar los ojos para descansar, o esa sensación en el estómago cuando estamos hambrientos, sentir entrar el aire por mis fosas nasales o incluso los condenadísimos golpes accidentales que sufrimos en ocasiones.

Por fin veo las cosas con claridad luego del momento más lóbrego de mi vida precedido de aquel estallido cuando apreté el gatillo del revolver cromado. Quisiera poder decirle a mi familia y amigos que no los culpo de haberse hartado de decirme cien veces lo mismo.

Tampoco los condeno por  que ahora sientan lástima por mí, también me gustaría decirle a quien solía ser mi pareja que no la culpo de nada y que la perdono por el daño que me hizo, que perdono a todos, y que les ofrezco disculpas por no ser más adulto cuando debí.

Estoy seguro de que si ellos me escucharan me otorgarían su perdón y quizá así yo podría perdonar mi cobardía, aquella que me impidió darme una segunda oportunidad. Podría perdonarme yo, y entonces descansar en paz.

One Comment

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  1. !!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!muy buenooo!!!!!!!!!!!!!:D

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